La morosidad en préstamos a familias argentinas marcó un máximo histórico durante abril de 2026, alcanzando el 12,1% en el sistema financiero bancario y escalando al 15% cuando se incluye el financiamiento no bancario. Según un análisis de la consultora EcoGo, el verdadero riesgo no está solo en el aumento de atrasos, sino en la probabilidad creciente de que los deudores caigan en default. Lo preocupante: los antecedentes de incumplimiento y el tipo de crédito pesan mucho más que el monto total adeudado.
¿Cuál es el nivel de morosidad en cada tipo de crédito?
El deterioro se concentra principalmente en créditos de consumo. Los préstamos personales registran una morosidad del 14,9%, mientras que las tarjetas de crédito alcanzan el 12,5%. En contraste, los créditos hipotecarios mantienen un comportamiento estable, con una irregularidad de apenas 1,5%. Este patrón refleja la vulnerabilidad de los hogares frente a gastos corrientes en un contexto de tasas de interés reales positivas y desinflación.
El segmento más crítico es el del crédito no bancario, donde la morosidad alcanza el 28,7%, más del doble que la del sistema bancario. Las familias que combinan financiamiento bancario y no bancario enfrentan una morosidad del 32%, comparado con el 14% de quienes tienen deudas exclusivamente con bancos.
¿Cuáles son los factores que más aumentan el riesgo de default?
El estudio de EcoGo identificó que los antecedentes de incumplimiento son el predictor más fuerte del default futuro. Haber transitado una situación de irregularidad 2 —atrasos entre 30 y 90 días— multiplica por 22,2 las probabilidades de caer en default durante los siguientes 12 meses, superando ampliamente cualquier otra variable analizada.
En orden de impacto, le sigue haber registrado un default en los seis meses previos, que eleva el riesgo 3,3 veces, y tener crédito no bancario, que incrementa las posibilidades de incumplimiento 2,3 veces. El perfil demográfico también importa: los deudores de hasta 35 años presentan un riesgo casi 1,9 veces mayor que el resto. Quienes combinan créditos bancarios y no bancarios incrementan sus probabilidades de default en alrededor de 1,3 veces.
¿Cómo cambió la morosidad respecto a crisis anteriores?
La dinámica actual difiere significativamente de la crisis de 2018-2019. En aquel período, el mayor deterioro se concentró en empresas y la inflación elevada licuaba el peso real de las deudas. Hoy, el escenario de desinflación y tasas reales positivas impide ese efecto amortiguador, por lo que el ajuste impacta con mayor intensidad sobre los hogares. El deudor medio acumula obligaciones por alrededor de $1.100.000,00, mientras que quienes ingresaron en mora registran un saldo adeudado menor, de aproximadamente $934.000,00. Sin embargo, los morosos suelen ser más jóvenes y tienen mayor exposición al financiamiento no bancario.
¿Qué perspectiva tiene la morosidad hacia adelante?
EcoGo advierte que el factor clave es la tasa de interés real. Si la tasa normaliza, la mora mejora; si se sostiene elevada, continuará trepando. Este indicador resulta más alto y persistente que la visión puramente bancaria, que subestima el problema al no considerar adecuadamente el crédito no bancario, donde la irregularidad duplica la del sistema formal.
Impacto para empresas y administradores: qué significa la crisis de morosidad familiar
Para los dueños y administradores de empresas argentinas, el aumento de la morosidad familiar tiene implicaciones directas. Una población con mayores dificultades para pagar deudas reduce su capacidad de consumo, afectando la demanda de bienes y servicios. Las pymes que dependen del consumo doméstico —retail, servicios, alimentos— enfrentan contracción de ventas. Además, los proveedores de crédito no bancario, frecuentemente vinculados a financieras y comercios, soportan pérdidas crecientes que pueden trasladarse a costos de financiamiento más elevados para empresas. La vulnerabilidad de los hogares jóvenes y con múltiples fuentes de endeudamiento también señala que el acceso al crédito empresarial podría endurecerse si los bancos ajustan criterios de riesgo. Monitorear la evolución de la tasa real de interés es crítico: mientras permanezca elevada, la presión sobre familias y, por extensión, sobre la actividad económica, continuará intensificándose.







