El economista Ricardo Arriazu, una de las voces más influyentes en los círculos de decisión económica argentina, proyecta que durante 2026 el país alcanzará un superávit comercial de USD 28.000 millones, cifra que se posicionaría como un récord histórico para la economía nacional. Esta estimación contrasta significativamente con las expectativas del mercado, que rondan los USD 21.000 millones.
¿Por qué el superávit comercial alcanzaría cifras récord en 2026?
El salto en las proyecciones obedece fundamentalmente a dos factores estructurales que operan a favor de las cuentas externas argentinas. En primer lugar, la cosecha agrícola de 2026 resultó excepcional, ampliando significativamente el volumen de exportaciones del sector. En segundo término, los precios internacionales de la energía se mantienen en niveles elevados, lo que potencia los ingresos por ventas externas de hidrocarburos y energía eléctrica.
Arriazu enfatizó durante su presentación en la Cámara de Agentes de Bolsa que, en este contexto de abundancia de divisas, el Banco Central no necesitaría intervenir el mercado cambiario para sostener la estabilidad del dólar. De hecho, argumentó que sin la intervención de la autoridad monetaria, la cotización de la moneda estadounidense tendería a depreciarse por el exceso de oferta de divisas.
Dólar estable versus presiones por devaluación
La posición de Arriazu contrasta con un grupo creciente de economistas que, durante las últimas semanas, han reclamado una suba del tipo de cambio para impulsar sectores productivos como la construcción. Roberto Frenkel, uno de los arquitectos del Plan Austral de 1985, argumentó que una devaluación, aunque genere presiones inflacionarias, sería beneficiosa para reactivar la inversión privada.
Por su parte, Lucas Llach, exvicepresidente del Banco Central, consideró razonable un nivel de $1.800 por dólar —cifra mencionada semanas atrás por el vocero presidencial Adrián Ravier—. Según Llach, un dólar más alto reduciría el costo mensual de las cuotas de construcción en pesos, desincentivando actualmente a los inversores inmobiliarios. Miguel Ángel Broda también se alineó con este criterio, señalando que la obsesión por controlar la inflación impide un ajuste cambiario que el sector productivo reclama.
Acumulación de reservas y política monetaria
En el escenario optimista que plantea Arriazu, el Banco Central podría acumular compras de dólares por encima de los USD 17.000 millones durante 2026. Hasta el momento, la institución ha adquirido algo más de USD 13.000 millones en el año, dentro del marco de la cuarta fase del plan monetario del Gobierno.
Esta estrategia de acumulación de reservas responde al objetivo central de la política económica: mantener la estabilidad cambiaria como ancla para reducir la inflación. Las proyecciones de consultoras y bancos que monitorea el Banco Central esperan una inflación de 2% para julio de 2026 y 1,8% para agosto. Para el cierre del año, el consenso proyecta un Índice de Precios al Consumidor (IPC) de 29,8% y una cotización de $1.652 por dólar.
La visión de largo plazo: dólar real más bajo
Arriazu fundamenta su postura en una perspectiva de mediano y largo plazo. Argumentó que en Argentina el dólar funciona como unidad de cuenta, por lo que cualquier movimiento en el tipo de cambio se traslada inmediatamente a los precios generales de la economía. Bajo esta lógica, una devaluación no generaría ganancia competitiva sostenible, sino simplemente inflación.
Además, proyectó que en los próximos años el ingreso de dólares aumentará muy fuertemente, lo que llevará a que el dólar real —ajustado por inflación relativa— termine siendo inferior al nivel actual. Esta dinámica haría innecesaria y contraproducente cualquier salto cambiario deliberado.
Implicancias para empresas y administradores: estabilidad versus competitividad
Para los dueños y administradores de empresas argentinas, el debate sobre el tipo de cambio tiene consecuencias operativas inmediatas. Un dólar estable en los próximos meses favorece la planificación financiera, reduce la incertidumbre en los costos de importación y permite estructurar contratos a mediano plazo sin temor a devaluaciones abruptas.
Sin embargo, sectores como la construcción, manufacturas para exportación y empresas con activos en dólares enfrentan un trade-off: la estabilidad cambiaria contiene la inflación, pero un dólar más elevado mejoraría la rentabilidad de exportadores y reduciría la competencia de importaciones. Las empresas que operan en cadenas de valor globales deben monitorear de cerca las próximas decisiones de política cambiaria, ya que cualquier movimiento en el tipo de cambio impactará directamente en márgenes, costos de financiamiento y competitividad relativa frente a productores regionales.







