La política monetaria muestra señales de expansión, pero el crédito no llega a la economía real. La intervención oficial sobre el dólar cerca de los $1.500 evidencia que el Gobierno mantiene la estabilidad de precios por encima de la reactivación económica.
¿Cómo está funcionando la política monetaria en 2026?
Durante nueve meses consecutivos, la base monetaria se mantuvo prácticamente congelada alrededor de los 41 o 42 billones de pesos, reflejando el enfoque antiinflacionario de la gestión. Sin embargo, en los últimos dos meses de 2026 se observa una expansión algo mayor de la oferta de dinero primario, lo que genera interrogantes sobre si representa un giro deliberado para impulsar el crédito o responde a factores transitorios.
El dilema no es menor. Aunque la cantidad de dinero aumente, su impacto en la reactivación depende de cómo se canalice. La economía argentina todavía no se ha remonetizado completamente, es decir, no recuperó los niveles de circulante previos a los años de inflación elevada. En consecuencia, buena parte de los pesos emitidos retorna al sistema financiero en lugar de impulsar el consumo.
¿Hacia dónde va el crédito en la economía real?
Los datos de julio de 2026 ilustran el problema con claridad. Los bancos destinaron el 97% del aumento de depósitos a financiar al Banco Central y al Tesoro, mientras que solo el 3% se canalizó hacia crédito privado. Esto significa que de cada cien pesos adicionales que ingresaron al sistema, noventa y siete financiaron al Estado y apenas tres llegaron a empresas y familias.
A este obstáculo estructural se suma la morosidad elevada, que actúa como freno adicional. Los préstamos a familias registran una tasa de incumplimiento del 12,8%, mientras que los créditos personales alcanzan el 15,9%, niveles no vistos en más de dos décadas. Con estos índices, las entidades financieras se vuelven más cautelosas y restringen el crédito disponible.
El resultado es que el financiamiento en pesos al sector privado cayó un 2,5% en términos reales durante los últimos siete meses. La combinación de una economía sin remonetizar, bancos que prefieren al Estado y mora elevada crea un terreno poco propicio para que la política monetaria reactive la demanda.
El dólar como límite: qué señaló la intervención oficial
El frente cambiario revela prioridades claras. Tras retroceder en los primeros meses del año, el dólar mayorista subió un 5,3% en junio y otro 1,1% hasta fines de julio, acumulando un alza del 10,5% desde mediados de abril. Este deslizamiento sugería cierta tolerancia oficial a una corrección del tipo de cambio que beneficiara a sectores expuestos a importaciones, como la industria.
Sin embargo, cuando la divisa se aproximó al umbral de los $1.500 a finales de julio, la respuesta oficial fue contundente. El Banco Central vendió títulos atados al dólar por aproximadamente u$s1.486 millones, mientras que el Tesoro colocó bonos duales por u$s4.485 millones en la licitación de fin de mes y vendió directamente u$s146 millones en el mercado de cambios cuando el mayorista se acercó a los $1.498.
La licitación de fin de julio resultó especialmente reveladora. El Tesoro contaba con depósitos holgados en el Banco Central, por lo que no necesitaba pesos, pero optó por priorizar el objetivo cambiario ofreciendo cobertura mediante bonos duales. Más de la mitad de lo colocado fueron instrumentos que ofrecen resguardo frente a un salto del tipo de cambio. Para lograrlo, el Tesoro aceptó tasas más altas en pesos, con una letra de referencia que pagó un 27,6% frente al 24,9% previo, sacrificando costo financiero con tal de contener al dólar.
Impacto para empresarios y administradores: qué esperar hacia adelante
La lectura conjunta de ambos frentes conduce a una conclusión inequívoca: ni por la vía monetaria ni por la cambiaria la administración actual parece dispuesta a subordinar la desinflación al objetivo de reactivar la economía. La expansión monetaria de los últimos meses no está claro que sea un giro deliberado, y aunque lo fuera, chocaría contra las limitaciones de una economía sin remonetizar y con morosidad elevada.
Para empresarios y administradores, esto implica que el acceso al crédito en pesos seguirá siendo restrictivo durante 2026. Los bancos continuarán canalizando fondos hacia activos del Estado antes que hacia financiamiento productivo. Asimismo, la intervención oficial sobre el dólar mantendrá acotado cualquier deslizamiento del tipo de cambio, incluso a costa de no aliviar a los sectores transables que dependen de competitividad cambiaria.
La estabilidad de precios continúa gobernando la política económica, y la recuperación de la actividad deberá esperar su turno. Quienes dirigen empresas deben considerar que el financiamiento en pesos será limitado, el dólar se mantendrá bajo vigilancia oficial y la reactivación dependerá más de decisiones microeconómicas internas que de estímulos de política macroeconómica.







